Honores militares y agasajo en la Casa de Huéspedes Ilustres para Hugo Chávez, dictadorzuelo de pacotilla que le entrega fusiles y munición a las FARC, erige monumentos en tributo a Tirofijo, vapulea a nuestros nacionales en Venezuela y no tiembla al blandirnos amenazante sus tanques, cazabombarderos, helicópteros, fragatas, corbetas, misiles y demás parafernalia bélica completamente inútil cuando es operada por comunistas brutos, valga la redundancia. Entiendo las razones económicas, comerciales, demográficas, sociológicas y culturales que nos atan al vecino del lindero oriental en esa amarga dinámica de desbalance y dependencia. Colombia es esa mujer abusada que vuelve a casa del marido a ofrecerle el perdón que él no ha pedido y en últimas a apoyar sus rodillas en el suelo si es preciso porque se siente incapaz de medírsele al mundo sin un macho cabrío que le dé de comer aunque también de vez en cuando le dé en la jeta. Esa es nuestra realidad y, por mucho que nos duela a algunos, no tenemos opción diferente a aceptarla. Recojamos en silencio nuestros muertos acribillados con las balas de Chávez para que amaine el antisemitismo bolivariano en contra de los desterrados que le barren el piso, le lavan la loza y le recogen la porquería a las pocas familias venezolanas que la revolución aún no ha dejado en la ruina o ha empujado a su propio exilio, ya que nuestros Ardilas, Nules y Murcias, en cofradía con varias generaciones de gobernantes de sangre azul y conciencia negra, se han despilfarrado los recursos para desarrollo social en deportivos de lujo, relojes de oro, pieles de cebra y cuentas astronómicas en hoteles de Dubai de los que hasta Bill Gates se priva. Tendamos los manteles blancos de la Casa del Fuerte del Manzanillo al matón del barrio para evitarle a nuestros empresarios el esfuerzo de explorar nuevos mercados. Y por “empresarios” no me refiero a los pequeños industriales que se ganan la plata con las uñas mientras soportan con estoicismo las extorsiones de la DIAN, sino a esos dadivosos magnates que lloriquean cada vez que el dólar baja porque “el pueblo pierde”, pero que estrenan mansión, carro y sello en el pasaporte si el dólar sube porque con los empleados no se reparte la utilidad y, por bien que vaya el negocio, los aumentos de sueldo a duras penas se restringen a lo que ordena la ley cada doce meses.
La prensa habla de diecisiete acuerdos firmados como balance de esta cumbre de Cartagena. Si bien me aterra siquiera pensar en el alcance e implicaciones de dichos acuerdos públicos, me espanta aún más conjeturar el contenido de la agenda oculta binacional. Hoy le he huido al televisor para no ver cómo se le llena la boca al gorila autócrata repitiendo la falacia aquella de los “países hermanos”, como si ello fuera garantía de respeto, como si Caín y Abel no lo hubieran sido.




